María Chiquinquira (Siglo XVIII)

En el Fondo de Esclavos del Archivo Nacional de Historia de Quito, en uno de sus expedientes, se recoge el juicio que María Chiquinquirá Díaz plantea a su amo, reclamando su libertad.
El desarrollo del juicio abarca poco más de cuatro años y, debido a un sin número de declaraciones de testigos de parte y parte, se descubre la historia de tres generaciones de esclavas. El proceso que la esclava inicia, contiene una serie de discursos elaborados por los defensores para demostrar la veracidad de argumentos, a favor y en contra de la libertad de la esclava.
Presentamos algunos datos biográficos de María Chiquinquirá, nacida en Baba, provincia del Guayas, como símbolo de la resistencia de la Mujer Negra.

María Chiquinquirá era hija de una esclava llamada María Antonia, mujer cansada y enferma, tenía lepra y aún así estaba esperando su último hijo, presentía que ese sería su último parto, lo que representaría su gran alivio. Por órdenes de su patrón, ella y sus hijas/os, fueron obligadas/os a irse lo más lejos posible, debido a su enfermedad.

Cerca de ella estaba la india Violante, quien había amadrinado a algunos/as de los hijos/as de María Antonia; una de ellas era Juana, la mayorcita que ya correteaba por los cacaotales y la otra, recién nacida, María Chiquinquirá, la que se aferraba con furia a los pezones de la india, ya algo secos.

Al poco tiempo María Antonia agonizaba y las dos niñas quedaron al cuidado de la india Violante.

Alfonso Cepeda y Aguilar y Juana Ariscum y Elisondo habían procreado ocho hijos, el último de los cuales Alfonso, llegaría a ser presbítero. Esta familia estaba en posesión de las mejores tierras, poseían una buena cantidad de esclavos y a su alrededor giraba un conglomerado de negros y mulatos libres con quienes mantenían vínculos de tipo laboral y de compadrazgo.

Años más tarde Don Alfonso, incorporó a su grupo de esclavos a varios niños/as, que ya estaban en edad de hacer los mandados y no le venían mal unos cuantos esclavos más.

La india Violante tenía la esperanza de sacar algo a cambio de las “zambitas”, no en vano las había amamantado y alimentado, durante varios años. Llegó entonces a la casa de Don Alfonso, llevando de la mano a Juana y María Chiquinquirá, estaba decidida a pedirle ayuda a Doña Juana Ariscum y Elisondo.

La cocina era un hervidero de mulatas y negras mozas vestidas con ropas ligeras que dejaban casi al descubierto la carne oscura del pecho y de los muslos, que brillaban mojados por un suave sudor que tenía la apariencia de miel derretida. Una de ellas, Bernabela, se acercó a María Chiquinquirá y le extendió un pedazo de plátano asado, sabía que era su hermana y que tarde o temprano debía sujetarse a su mismo destino.

Doña Juana ordenó a Bernabela que bañara y despiojara a las pequeñas zambitas que empezaban a llorar con furia y temor cuando las alejaban de la india. Violante comió en silencio, atragantada con todo lo que pensaba decir; luego, sin que nadie supiera cuando, abandonó la cocina y se perdió para siempre entre los vericuetos del río.

Cuando murió Don Alfonso, los funerales duraron una semana. Su hijo Alfonso, que para esa época ya era presbítero, encabezó las ceremonias. Los esclavos se amontonaban en los pasillos y murmuraban en los rincones; cada vez que alguno de los amos moría, sabían que su destino podía cambiar radicalmente. Tal vez alguno de ellos había sido liberado por efectos del testamento del difunto, o quizás otros serían repartidos como parte de la herencia. Esto fue lo aconteció con María Chiquinquirá.

Ella, junto con otros esclavos, fueron asignados como parte de la herencia de Don Alfonso, a varios de sus hijos. Ella pertenecía ahora a Doña Estefanía Cepeda y rápidamente se unió a la comitiva de criados que se trasladaban a la casa de Doña Estefanía en Guayaquil.

María Chiquinquirá tenía quince años y la ría le parecía inmensa, tanto como el ruido del astillero y el olor putrefacto de las calles, mismas que pronto empezó a conocer como la palma de su mano. El movimiento de sus caderas, transparentadas por la falda que húmeda del sudor del mediodía se le pegaba al cuerpo. Y el brillo de su piel clara le dieron fama rápidamente entre los mercaderes y los negros jornaleros.Doña Estefanía, asustada por esa incontenible sensualidad, no se cansaba de azotarla, no en vano su casa era un lugar decente, en ella las esclavas no eran prostitutas que buscaban jornal en las calles sino criadas que se dedicaban al servicio de sus amos, y debían aparecer tan decentes como ellos.

María Chiquinquirá había regresado algunas veces a Baba, especialmente cuando el invierno convertía las casas de Guayaquil en un insoportable bullir de insectos y olores nauseabundos y su ama huía buscando la frescura de los cacaotales y el río. Ahí las esclavas de las casa vecinas le ponían al tanto de los últimos acontecimientos de la zona. Así pasaron algunos años más hasta cuando Doña Estefanía murió y paso a servir al presbítero Don Alfonso.

Su vida no había experimentado mayor cambio, con el presbítero tenía más oportunidades de vivir algunos meses en Baba, porque Don Alfonso tenía que atender sus negocios. En Guayaquil en cambio tenía arrendadas algunas tiendas en los bajos de su casa a varios artesanos. José Espinoza, de oficio sastre, ocupaba una de estas tiendas, en donde desarrollaba un próspero negocio.

El sastre era joven y libre y tampoco podría decirse que era negro, al contrario era bastante blanco, y recibía los favores de casi todas las esclavas de la casa de Don Alfonso que encontraban tiempo para, furtivamente, retozar en su trastienda. María Chiquinquirá sin embargo, pronto desplazó al resto, y se convirtió en la amante oficial de José. El presbítero frente a esta situación les obligó a casarse, no podía permitir que el concubinato siguiera impunemente bajo su propio techo.

María Chiquinquirá se trasladó a vivir a la tienda del sastre. Ahora, gracias a su matrimonio, el presbítero le había permitido trabajar fuera de la casa y ser prácticamente libre. A cambio, su marido trabajaba sin costo para él. María vendía dulces en las calles o se alquilaba para cocinar en las casas de los menos afortunados que su amo. Empezó a vestir con buena ropa, casi elegantemente, y para cuando su primera hija María del Carmen nació, la familia Espinoza gozaba de cierta prosperidad.

María del Carmen tenía la piel blanca y una constitución frágil; su madre, al contrario de su abuela materna María Antonia, no tenía facilidad de procrear, y cuidaba de su hija única con una devoción sin límite; al igual que las hijas de las casas grandes. La niña iba siempre bien vestida y limpia y cuando tuvo edad, sus padres contrataron un profesor para que le enseñara las primeras letras. Su madre por su parte, le enseñó a bordar, a coser y a cocinar; todas estas cualidades, pensaban sus padres, serían indispensables para hacer un buen matrimonio.

María Chiquinquirá, en la libertad con que había vivido, se olvidaba de que era esclava. Sin embargo, el presbítero se encargó de recordárselo cuando, igual que ocurriera veinte años atrás con ella y su hermana Juana, al ver a María del Carmen ya en edad de servir de algo, la reclamó para que sea esclava de su hermana ciega. A pesar de que no realizaba trabajo físico alguno, a más de acompañar y leer en voz alta para la ciega, María Chiquinquirá no se resignaba a admitir la servidumbre de su hija.

Primero pidió, lloró y rogó al presbítero que manumitiera a su hija. Le habló de la educación y fragilidad de María del Carmen y de los años que ella y antes María Antonia, su madre, le habían servido fielmente a él y a su familia, pero Don Alfonso se mostraba implacable. Años más tarde, su marido, José Espinoza alegó que había realizado varios trajes y obras para el presbítero y su familia y que podían considerarse su esposa e hija libres, ya que el precio estaba suficientemente pagado. Sin embargo, el presbítero indignado ante tal reclamo, le exigió al sastre que le pagara en efectivo el valor de cuatro años de arriendo de la tienda, que supuestamente debía.

La madrugada se asentaba con una fina llovizna que mojaba hasta el último resquicio. María Chiquinquirá apresuraba el paso y su figura parecía una sombra fugaz en los portales. Su comadre, una mulata grande, le esperaba cerca de los esteros; a esa hora llegaban las pequeñas embarcaciones que traían el contrabando desde la Puná. Su comadre le presentó a un hombre que prometió ayudarle. En la tarde, María Chiquinquirá se dirigió a una casa vecina a la gobernación, había mucha gente que esperaba.

Después de un momento, el hombre que había conocido en los esteros esa madrugada le llevó ante el escribano Medina. Sentado detrás de una mesa casi inservible, Gaspar Zenón Medina atendía a la gente que esperaba con paciencia en medio de un calor húmedo que parecía resbalarse por las paredes.

María lo había visto en algunas fiestas de Corpus. El escribano Medina era el que llevaba los juicios que se ventilaban en el juzgado del Cabildo, por sus manos pasaban las historias de todos los habitantes de la gobernación, ricos o pobres, negros o blancos; a todos conocía Gaspar y con todos tenía algo en deuda a favor.

María Chiquinquirá le explicó su situación, le pidió entre llantos que la ayudara. El escribano Medina le examinó de pies a cabeza, se fijó rápidamente en su traje bien cortado y su mantilla de encaje, luego le dio sin rodeos el precio de su libertad y la de su hija. María Chiquinquirá regateó un poco y llegó a un acuerdo conveniente. El escribano le había prometido que en menos de un mes podía andar como libre por las calles y su hija también.

Al día siguiente, María Chiquinquirá partía rumbo a Baba, debía entrevistarse con algunas personas y lograr el apoyo, no solo de la mayor parte de esclavos y negros libres de los alrededores, sino también de aquellos dueños que quisieran aprovechar la ocasión para declarar contra el presbítero, y así poder satisfacer algún deseo de venganza o resentimiento contra Don Alfonso.

Un mes después, Don Alfonso recibía el traslado de la demanda de su esclava, pero se fue a Baba sin contestarla y restándole importancia pensó que pronto olvidaría el caso; total, él sentaba a su mesa al gobernador y a la mayoría de los regidores y aunque algunos otros eran sus enemigos declarados decidió que no iba a gastar ni tiempo ni dinero en las rabietas de su esclava. Si quería su libertad, podía comprarla al precio que él impusiera, como había acontecido con todos sus libertos.

Sin embargo, cuando regresó de su viaje, se enteró que María Chiquinquirá y su hija habían desaparecido. Una orden de la gobernación les había dado la libertad para litigar.

El presbítero montó en cólera, inmediatamente habló con el gobernador y contrató un procurador que se encargara del caso; no podía permitir que las esclavas se salieran con la suya, eso jamás había ocurrido y no podía ocurrir ahora.

Mientras tanto, María Chiquinquirá y su hija se habían perdido en la multitud que llenaba con sus griterios los esteros y la ria; pronto arrendaron una tienda en la que José siguió atendiendo a su clientela.

Los años pasaron, y cada mes José pagaba puntualmente los honorarios del escribano Medina; después, cuando el precio total fue completado y los expedientes del juicio se perdieron misteriosamente en los juzgados de la Real Audiencia en Quito, José hacía pequeños favores al escribano Medina y le confeccionaba otro traje de balde. María del Carmen estaba comprometida con un comerciante de telas, un mulato buenmozo y acaudalado.

Las fiestas de Corpus engalanaban los barrios de Guayaquil, las cofradías se esmeraban en arreglar las comparsas y las Iglesias, las señoritas de pieles blancas, engalanadas con las modas de París y con toneladas de joyas se sentaban en los balcones flanqueadas por los hombres elegantes y perfumados. En las calles, las mozas de color canela y carnes desbordantes bailaban en ropas ligeras, tocadas de flores y adornos de oro y plata; de vez en cuando, alzaban la mirada y encendían la pupila y los fundillos de los mozos perfumados; gracias a estas pasiones, hasta los regidores les cedían el paso en los portales.

María Chiquinquirá no permitía que su hija desfilara; ella y su marido daban buena limosna a la Iglesia y se contentaban con sentarse en el portal de su tienda a disfrutar del espectáculo.

María Chiquinquirá se perdía en sus recuerdos, el perfil de su hija, fino y altivo se dibuja con nitidez a la luz de las antorchas. La noche se había precipitado casi sin ocaso como apurada por cobijar los romances prohibidos. La ría se llenaba de mar engullendo el horizonte.

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