Afroecuatoriano en Zaruma

LA PRESENCIA DEL HOMBRE NEGRO EN ZARUMA

Autor: P. Rafael Savoia

Entre los pequeños estados que existían en la primera mitad del siglo XVI, en el sur de la actual República del Ecuador, estaba el de los Zarzas, que contaba con once tribus: los Cariamangas, los Catacochas, los Catamayus, Gonzanamaes, Guachanamaes, Malacatos, Piscobambas, Vilcabambas, Yanganas y Zarumas (Cfr. Luis F. Mora: “Ecuador Austral”).

Zaruma, con Loja y Zamora, fue uno de los principales centros habitados en la región austral de la Real Audiencia de Quito. Con el descubrimiento del oro, que la hizo famosa, en la segunda mitad del siglo XVI, empezaron a llegar forzadamente los indígenas. El horror de las mitas tuvo el mismo resultado desastroso que en otras partes. Los indígenas locales fueron diezmados. Pío Alvarado Jaramillo asegura que se pensó entonces formar una población en el mismo asiento minero de Zaruma, con el secuestro de dos mil indígenas de las provincias interandinas de Otavalo hasta Loja, o con el recogimiento de los painadillos, indígenas vagabundos y miserables, que se hallaban dispersos en todas partes del país.

En la Real Cédula del 2 de marzo de 1608, sobre este pedido, el Rey ordena: “… y en cuanto al repartimiento de indios para las dichas minas, por ningún caso conviene que se haga ni que se dé lugar a ello; más podríase permitir que los que de su voluntad quisiesen ir a aquellas labores de minas, vayan, ayudándoles a que lo apetezcan con la buena paga”.

González Suárez nos da una amplia descripción del área y subraya la importancia de éstos lugares. Relata como los encomenderos pedían a gritos esclavos negros y a centenares para los trabajos.

Uno de los primeros protagonistas españoles de la historia de esta región, alrededor de 1570, fue un personaje muy duro y astuto Don Juan de Salinas, el cual trajo a un número alto de esclavos. Escribe Jiménez de la Espada: ‘Francisco de Grado en el dictamen del Fiscal Peralta, presenta a Juan de Salinas en acción y ejercicio de sus funciones, visitando los pueblos de su ínsula andando a hombres de indios a estilo de los Incas, de los grandes Curacas de los Llanos, y llevando en su séquito un alguacil con el doble oficio de corchete y verdugo (Rivas), un sacerdote (P. Martín Alonso) para absoluciones urgentes, dos negros esclavos (Antón y Salvador) y dos rebeldes blancos y feroces para hacerse temer de los indios o para aperrearlos cuando se remontaban huyendo de la justicia.

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